CAPITULO IV
Primera parte
Conocemos el Hombre de Acción
Por muchos años dio conferencias sobre la filosofía de la vida, la multiplicación del Yo individual y sobre los principios éticos en los negocios, (esto a los oficiales y vendedores de la IBM Corp.), con el esfuerzo de construir una raza más fina de hombres a través de una mayor comprensión de la Luz de la omnisciencia que yace en todos los hombres esperando a que tomen conciencia de ella. Durante estos años sacudió los propios fundamentos del "caveat Emptor" o "dejar que el comprador corra el riesgo", principio que era de uso común, cuando él comenzó a infiltrar los principios del Sermón de la Montaña en los grandes negocios. En su primera conferencia a esta gran organización, les dijo a sus directores que él estaba totalmente espantado en cuanto a los dos lemas que entonces eran los fundamentos mismos de los negocios. Estos eran: "Dejar que el comprador corra el riesgo" y "La venta es lo único que importa".
En aquellos días existía la opinión general de que un hombre de negocios no podía ser al la vez honesto, y hacer dinero o tener éxito. "Negocio es negocio", era el lema, con la connotación de que no importaba cuán sagaz fuera su práctica, estaba bien si usted lo hacía legalmente.
"Esta filosofía es la jungla de cada hombre por sí mismo", comentó el Sr. Russell. "Esa práctica no puede continuar en el mundo de los grandes negocios porque trabaja contra la Ley Natural. El futuro de los grandes negocios reside en la comprensión por parte del hombre, del principio del Balance en la Ley Natural y su determinación de trabajar CON ella en vez de contra ella.
"El principio fundamental del Balance en la Naturaleza, Ley Única, es igualdad de intercambio entre pares opuestos en cualquier transacción en la Naturaleza. Ese principio debe eventualmente ser observado por los grandes negocios, y el vendedor agresivo que egoístamente piensa que la venta que él hace es la única cosa que cuenta, no está dando en igualdad por lo que el toma. Por lo tanto, yo digo, que intercambio en igualdad, de bienes y servicios entre comprador y vendedor es el punto principal en el mundo de los negocios del mañana, cuando la visión del hombre moderno de negocios se despierte a la sabiduría de incorporar ese principio en su código de ética".
De esta manera fue que pudo sembrar las primeras semillas de su filosofía de éxito y logro, de gran forma en el campo de los negocios.
Tanto en sus placenteras como en las desagradables tareas, él observó ese principio de demandar maestría de sí mismo en todas las cosas. En el patinaje sobre el hielo, por ejemplo, trajo aquí a los mejores instructores del mundo bajo su subsidio personal para mejorar su ya experto arte del patinaje de figuras y para estimular ese arte en este país. Para este propósito organizó el Club de Patinaje de Nueva York, se convirtió en su primer presidente, patrocinó los primeros cuatro carnavales en el hielo que son ahora una de las grandes presentaciones anuales del Madison Square Garden, lo que ayudó a elevar el fino arte del patinaje de figuras a un alto grado de desarrollo en este país.
Durante este período pasó las difíciles pruebas que automáticamente le habrían dado a él el campeonato Nacional de Aficionados, pero que ni siquiera reclamó. Ha patinado con los mejores profesionales desde los tiempos del espectacular "Charlotte" hasta el presente. A solicitud de la gerencia del Hipódromo, patinó un programa sencillo y un doble, una noche con Charlotte, "solo por entretenimiento", dijo.
A los cuarenta y nueve años de edad patinó un programa para las Noticias Pathe en Lake Placid, con la entonces campeona nacional, Beatriz Loughlin. Durante varios años fue uno de los jueces en los concursos de patinaje de figuras celebrados en Lake Placid. Representó a los Estados Unidos como juez en el concurso internacional para el trofeo Duque de Connaught en Ottawa, y en la noche del carnaval guió la gran marcha con la Duquesa de Devonshire.
A los sesenta y nueve años de edad ganó tres primeros premios en patinaje de figuras contra competidores todos menores de treinta años de edad. Él aún patina en Radio City y en varios clubes privados.
Durante muchos años fue un ardiente y hábil jinete. Deseando ser de los mejores, consiguió a los mejores instructores de fama mundial, convirtiéndose tan diestro en este arte, que entrenaba caballos sementales negros para "alta escuela" tal como se ven en los circos. De siete a nueve cada mañana, estaba en el ruedo en la Academia Durland de equitación, trabajando con tremendo entusiasmo sobre uno o más de los famosos sementales Árabes que fueron parte de veintisiete caballos Árabes que él mantuvo por años en la Bahía Oyster, para cruzarlos con la cepa Henry Clay con la intencion de producir un tipo Americano igual a, o mejor, que el famoso tipo Orloff Ruso. De cuatro a seis en la tarde, cada día, montaba sementales negros Árabes en el Parque Central, siempre sementales negros. Después de lograr tal grado, él nunca montaría un caballo de raza inferior.
Se convirtió en poseedor de estos caballos a través del hábito de cambiar caballos mientras montaba con el Presidente Theodore Roosevelt. El dueño del semental Huntington en la Bahía Oyster ¡estaba encantado de dejar que el Presidente y su amigo artista ejercitaran sus admirables sementales!
El artista se enamoró de uno llamado Diamante Negro, y otro pura raza bayo de la tribu Anazeh de Arabia, llamado Khaled. Él le ofreció al Sr. Huntington cinco mil dólares por cualquiera de los dos, pero el criador le contestó que se los vendía todos o ninguno.
Los compro todos por cincuenta mil dólares.
Una hora después, el presidente estaba tan preocupado por lo que él llamó la impetuosidad del Sr. Russell, que deseaba ir personalmente a hablar con el Sr. Huntington y pedirle que devolviera el cheque del depósito de diez mil dólares y cancelara el negocio.
¿"Qué -en el nombre de Dios -dijo el presidente- va usted a hacer con ellos? ¿Dónde los va a tener? Usted va a tener que comprar avena en cantidades, y eventualmente le va a causar dificultades financieras así como se las causaron al Sr. Huntington".
"Compré el criadero también, la casa y cuarenta acres. He hecho arreglos para conservar a todos los trabajadores, y pondré a cargo a un hombre honorable a quien yo conozco. Ello no consumirá mucho de mi tiempo, y esto me interesa a mí intensamente", fue la respuesta del Sr. Russell.
Años después se deshizo de los caballos por tan alto precio que vendió uno solo por quince mil dólares, y el valor de la propiedad aumentó tanto que sus pérdidas fueron prácticamente anuladas por sus ganancias. Contándome acerca de ello, dijo, "Esa fue una de las más grandes experiencias de mi vida. No me la hubiese perdido por un millón".
"Él conservó este principio aun en sus labores más desagradables. No debe haber labores desagradables en la vida de uno, dijo. Si usted odia hacer alguna cosa, ese odio por ello desarrolla toxinas que destruyen su cuerpo y usted se fatiga muy pronto.
A usted debe gustarle cualquier cosa que deba hacer. Hágalo no solo gustosamente sino con amor y de la mejor manera que usted sepa hacerlo. Ese amor por el trabajo que usted debe hacer de todas maneras, le vitalizará su cuerpo y lo conservará sin fatiga".
En su espléndida casa de campo él mismo tenía que cortar el césped a menudo, un trabajo que le disgustaba. Para hacerlo interesante desarrollaba diseños y dibujos en el césped a medida que lo cortaba, y entonces gradualmente eliminaba los diseños, con pesar de que el juego se estaba terminando. Este era su método de transformar el trabajo en juego.
En su filosofía escrita están estas palabras: "La más humilde labor que yo deba hacer, la glorificaré y haré un arte de ella".
¿Y qué acerca de la derrota? ¿Usted jamás ha fallado en algo?, pregunté.
"¡Oh! válgame Dios, si!", replicó. "Yo he tenido mi parte de lo que uno llama derrota, y en cantidad. He hecho y perdido fortunas y he visto grandes proyectos míos derrumbarse a través de mis propios errores de juicio o a través de otras causas. En el pánico de 1907 perdí trescientos mil dólares. En el fiasco de Miami perdí un honorario mensual de diez mil dólares en contratos de diseño de arquitectura con valor de más de ochenta millones de dólares de estructuras en serie para Miami Beach,
Coral Gables, Cocoanut Grove y otros centros de veraneo en Florida. Dos de estos centros cívicos completos y uno de ellos incluía siete millas de playa cerca a Jacksonville.
Pero yo no reconozco estas experiencias como derrotas. Ellas son solo experiencias interesantes de la vida. Ellas son valiosos escalones hacia el éxito. La derrota, es una condición que uno debe aceptar para hacerla real. Yo rehúso darle realidad aceptándola. En mi filosofía, he escrito estas palabras: Yo no conoceré la derrota. Ella no me tocará. Yo la enfrentaré con pensamiento verdadero. Resistirla me dará fortaleza. Pero si, alguna vez, el día me diera de la copa amarga, se endulzará al beberla".
Una de las más desgarradoras, de las así llamadas derrotas, que jamás haya experimentado fue en mi juventud. A los veintiocho años de edad había pintado una extremadamente ambiciosa alegoría titulada "El Poder de las Edades" para simbolizar el poder del pensamiento en el desarrollo de la civilización. Yo había visionado grandes cosas resultando de su exhibición en la Academia Nacional. Para mi consternación, la Academia la rechazó, después de lo cual los plenipotenciarios del Rey de Italia accidentalmente la vieron donde mi distribuidor y la invitaron, eximida de jurado, como una pintura representativa de América a la Exposición Internacional de Arte de Turín que tendría efecto en 1900 en conmemoración del Siglo Veinte. Esto causó gran criticismo de la Academia Nacional en todo el país, por no estimular el arte nacional. La pintura fue exhibida en otras ciudades europeas y me dieron varias menciones honorables, me hicieron miembro de la Academia Española de Arte y Literatura, una condecoración (una de esas cintas rojas que se me predió hace tiempo) y el placer de una visita personal del Rey Alberto de Bélgica a mi estudio en Nueva York para volver a ver esa pintura.
¿Cómo puede uno llamar a esto una derrota? No hay tal cosa".
¿Cuál es la gran pasión de su vida? le pregunté.
"Belleza", respondió sin vacilación. "Belleza y dignidad para vivir la vida como un intérprete maestro de la Luz".
¿Qué quiere decir usted por belleza? -le pregunté.
"Perfección de ritmo, perfección balanceada de ritmo. Todo en la Naturaleza es expresado por ondas rítmicas de luz. Cada pensamiento y acción es una onda-luz de pensamiento y acción. Si uno interpreta al Dios dentro de uno, nuestros pensamientos y acciones deben ser ondas rítmicas balanceadas. Fealdad, temores, fracasos y enfermedades nacen de pensamientos y acciones desequilibradas. Por lo tanto siempre piense en belleza si desea vitalidad de cuerpo y felicidad".
En la filosofía de su vida este principio está afirmado de esta manera: "Yo veré belleza y bondad en todas las cosas. De todo lo que es desagradable mi visión será inmune."
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